viernes, 18 de agosto de 2017

JARDIEL PONCELA, TINTO DE VERANO


Cuatro corazones con freno y marcha atrás.
Como un tinto de verano, la refrescante bebida del estío. Típico espectáculo de las noches de Madrid, esta maravillosa ciudad del ferragosto de la que  en verano solo y como decía el humorista Tono  es Badem Badem a condición de estar  solo y con dinero. Ignoro la circunstancia vital o social de quienes estos días van a ver Cuatro corazones con freno y marcha atrás, pero lo pasan en grande. 

Un Jardiel ligero y una dirección a tono con el Gabriel Olivares apuntala en su profesionalidad su hiperactividad un poco restringida últimamente. Nada tengo en contra de esa hiperactividad, salvo que en ocasiones le falta el acabado, el remate. Pero todo lo suple con profesionalidad y oficio, que es lo que exige este Jardiel que tampoco se esmera demasiado.  Dice un personaje “me va a dar algo, denme algo o me va a dar algo”. Es la amenaza de  un soponcio inmediato  No es una muestra de humor refinado, pero la gente se parte de  risa.  Gabriel Olivares se mueve en un terreno propicio, con terreno escénico y extra escénico a su disposición. Cuenta con un amplio elenco experimentado y también eficaz que ha asumido el espíritu de Jardiel Poncela y la técnica  del director.

Por culpa de ese objetivo de divertimento exclusivo, quizá se pierda la capacidad subversiva, la rebeldía consustancial a Jardiel Poncela y cierto espíritu corrosivo de Cuatro corazones con freno y marcha atrás; el cual no es excesivo, pero sí superior al que demuestra Olivares.

 La disposición de un escenario a cuatro bandas facilita la conexión con el público que entra en la funcióncomo si formara parte de la misma. En resumen, un espectáculo de verano que  va a animar las noches de Madrid. 

 

 

jueves, 17 de agosto de 2017

LA GENERACION DEL 27 EN SOTOGRANDE


GOLF,TEATRO Y POESÍA

En Sotogrande no solo se juega al  golf,  juego contra el que nada tengo, aunque sea incapaz de distinguir un bogey de un albatros. Este semana Antonio Garrigues y su gente han hecho celebraciones en torno  a la Generación del 27, que es la columna vertebral de la poesía española del siglo XX. Y de otros siglos. Un nuevo Siglo de Oro en torno a Góngora y de refilón a su enemigo Quevedo.  Escribí a Garrigues pidiéndole el papel de Luis Cernuda que  para mí,  crece y crece cada dia. Recordar a la generación del 27, en una etapa histórica en que cunde al analfabetismo y un alcalde ágrafo de Sabadell quiere quitarle la plaza a Antonio Machado,  del 98 señor edil, me paree un acto patriótico. No me gusta invocar el patriotismo porque recuerdo  Stanley Kubrick en  Senderos de gloria: “el patriotismo suele ser el último refugio de los canallas”.  

Luis Cernuda es posiblemente  el único poeta maldito verdadero de la poesía española: el solitario, el dandy. Leopoldo María Panero es un maldito gestual de tono menor. Mi modelo de malditos con todo sigue siendo Rimbaud, que nada tiene que ver con la Generación del 27, salvo que el departamento cultural de quienes  han acusado a Antonio Machado de españolista retrógrado, diga lo contrario.

Garrigues ha hecho un guión denso con pleno conocimiento del tema de ese grupo milagroso que apadrinó Ignacio Sánchez Mejías, el torero ilustrado, banderillero de Joselito, con cuya viuda, Encarnación López Júlvez, la Argentinita se casó. Encarnación es también plena generación del 27, en otra vertiente. Y quizá la mujer más trágica y  desafortunada del siglo XX   español. El toro mató a los dos hombres que más amó,  José  e  Ignacio. Y el toro negro de la incivil guerra de España se llevó por delante a Federico, su numen   Garrigues me habla de Pepin Bello al que el pintor Caneja adoraba desde la Residencia. Nunca escribió una línea y ha pasado a la posteridad como otro 27 más entre los cuales oficiaba de árbitro e inspirador. Pepín Bello era un genio. Lo decía Caneja y es sabido que lo dicho por Caneja iba a misa, aunque jamás pisó una iglesia.

lunes, 14 de agosto de 2017

CANCIONES PARA DESPUES DE UNA GUERRA


      No hay historias secretas.

Las historias secretas de Terele Pávez ya no son secretas, no lo fueron nunca. Y no voy a contar yo ahora las noches en los Cafés Teatro de entonces cuando Paco López Barrios se vengaba de que no le estrenaban sus obras orinándose sobre el público y Terele le aplaudía.

No hay historias secretas pero hay historias singulares que conviene divulgar. Por ejemplo, la noche en que Basilio Martín Patino, fallecido también este aciago fin de semana,  proyectó en el salón de actos del periódico Arriba su película Canciones para después de una guerra. Pedro Crespo, crítico de cine del citado diario, le había hecho una crítica muy favorable, que fue agriamente descalificada por Antonio Gibello, director de El Alcázar. Para dirimir la  cuestión Patino  invitó a las redacciones de ambos periódicos a presenciar la película que, en líneas generales, fue muy  bien acogida. Gibello se presentó vestido de camisa azul dispuesto a armar la bronca y al final no sabía qué hacer, porque en realidad la excelente película de Patino,  felicitado por los redactores efusivamente no era para tanto; la película  mostraba la España postrada de la posguerra, la España del hambre y las miserias.

Inicio diálogo María Casares/Albert Camus.

Estreno en Otoño, por Sabela Hermida como María  Casares.

Camus.- (Seductor). Eres una mujer muy bella

María Casares.- (Y…?

Camus.- Nada, que eres una mujer muy bella.

Maria Casares.- Sólo eso?. Soy española, francesa, desterrada, republicana, antifascista y  actriz.

Camus.-Por este orden?.

María Casares.- Por el orden que quieras. El resultado es el mismo: María Casares, la hija de Casares Quiroga. Sé que mi carnet me avala. Soy una privilegiada.

Camús- (galanteador, seductor). Eres muy bella.

María Casares.-  ¿Y…? De qué color son mis ojos?

Camus.- (No sabe qué responder).

Maria Casares.- (Sonrie irónica. Vuelve a los periódicos españoles que dicen pestes de su padre. Por ejemplo, “Indigno de figurar en el Registro Oficial de Nacimientos, propio de seres humanos, no de alimañas”.

 

martes, 8 de agosto de 2017

AMBIGÚ TEATRO KAMIKAZE


Qué es verdaderamente  un ambigú.
Vuelvo al teatro en el punto y hora  en que hace  dos meses, más o menos,   lo dejé; el Pavónkamikaze. Julio ha sido un mes horribilis. Vuelvo con toda la parafernalia  de que me gusta adornarme en estas procesiones; la silla de ruedas (transitoria) para mis putas piernas. Vuelvo  por Antigona,  parafraseando a Picasso cuando dijo, “vuelvo a los toros, por ti Luis Miguel”. 

Un ambigú es un mostrador donde se exponen y se venden vinos, licores, verduras, bocadillos de queso o de jamón o mortadela y otros productos  alimenticios. Lo sé porque en mi casa  teníamos una taberna con un salón de baile donde mozos y mozas bailaban el pasadoble y, tan pronto veían la ocasión, el agarrao más íntimo y sudoroso.  Y teníamos un ambigú, claro. De vez en cuando los mozos, por no perder de vista ni de mano la cintura y el culo de la moza, me decían vete al ambigú y me traes una cerveza. Las chicas bebían solo fanta. Así que este del Pavón no es mi ambigú, aunque lo tenga por  lugar sagrado del teatro de Madrid, el santa santorum.

 El ambigú es para mi, el lugar legendario de mi infancia cerca del cual mi madre, una campesina que apenas  sabia escribir,  pero sabía leer, ensayaba comedias y siempre me daba un papelilo.  Los decorados eran colchas estampadas y sábanas inmaculadamente blancas. Una vez hice de San Tarsicio y mi papal empezaba así: “el edicto infame de persecución contra los cristianos….”

El Ambigú del Kamikaze lo recordaré siempre por Ana Wagener y Cocteau; por Clara Sánchiz y Virginia Woolf, por Fernanda Orazi, por las crónicas de José Padilla, supongo, que veré cuando las repongan. Pero el Ambigú será siempre, por los siglos de los siglos, Ifhigenia en Vallecas, de Maria Hervás que también está en lo de Padilla; Desafiando al público, “vosotros ahí,  mirándome el culo,  yo aquí”.  Y luego, “follar y tirar, follar y tirar”, la más brutal   denuncia que una vestal sacrificada ha hecho en un escenario  sobre la cosificación sexual de la mujer.

Amo el Ambgú y solo volveré a sentirme  pleno cuando pueda volver a él,  a hombros de Ana, Yolanda, Elejalde, Pablo Giraldo, Miguel del Arco y alguna actriz  que se conmueva con el  puto sacro de mis desventuras. De momento, mañana  me sentaré en el Pavon para ver Antígona y a Manuela Paso  y a Carmen Machi, la Jefa que yo la llamo porque ella siempre me llama el Jefe. Y a Raúl Prieto, al que ya le hemos perdonado su  Calixto porque la culpa no era de él.

 Y a quienes me reprochan frialdad o despego sobre el último  Miguel del Arco, les recuerdo que ha sido el único español al que le puse dos veces la máxima calificación de cinco estrellas, obra maestra.  Y  además, que coño; “nadie es sublime sin interrupción”

 

domingo, 6 de agosto de 2017

MARYLIN SOLO QUERIA SER AMADA


Aquel aciago dia.
 5 de agosto de 1960 y estallaron todas las constelaciones, se rompieron las cenizas de una mujer que solo quiso ser amada.  Marylin Monroe. Un ser precario, cuya iluminación generaba un mundo de sombras luminosas en su derredor. La luz siempre aparece al fondo de la oscuridad para encontrase a sí  misma; un ser rompedizo que había tenido que bailar el vals de las flores sobre huracanes y tormentas. 5 de agosto, ¿accidente, suicidio, asesinato?. 

La convirtieron en un símbolo sexual, mientras solo quería ser un símbolo de amor, un mar de amor,  olas azules y verdes,  orfebrería líquida y cenefa de espuma sobre la arena. Marylin, Norma Jean para los pocos que la amaron. Fue más deseada, abusada, delirada en fantasías de lecho y harén que en realidades de amor;  Sherezade que nunca pudo relatar su verdadero cuento. Y un tórrido Happy Byrtday tu you, posiblemente gélido en el alma, que marcó su vida para siempre como amante de Jhon Kennedy, “ve preparando el martini y quitándote las bragas, voy para allá”.          Bailó, entre  huracanes,   valses de flores, bailó sobre volcanes en erupción y, al final,  las comadres  de Hollywood, las zorras que la odiaban -zorras por un papel secundario en una película de segunda-  hubieron de inclinarse ante su adorable belleza y su talento. Y ante las casas productoras.

En la sonrisa de arcoíris de Marylin, siempre hay una dulce mueca de desdén que el cinismo cosmopolita de Truman Capote  entendió mejor que nadie.  “Truman, ¿dirías que soy estúpida?”. Truman, “sí”. Marylin, “Y nada más?...Truman: “Bueno…Y adorable”

  “No me importa el dinero, solo quiero ser maravillosa”.

 Deslumbró las sombras de la noche, apagó las estrellas del cielo y prendió luciérnagas en su pelo rubio. El carmin de sus  labios era  sangre  arrancada  a mordicos,  su beso podía ser sangre tenida de blanco por Andy Warhol.

 Un mar de amor y desamor. Eran besos malditos, mordiscos con los que arrancar la suciedad de los labios de los hombres. Hasta que fue libre y alzó su imperio y su conquista. Brisa que sabía de promesa incumplidas y engañosas. La belleza maldita, la poética de  barrio que acaso solo adivinó el hombre qu de verdad la amó, Joe de Magio,  el atleta. La belleza maldita. Después de tantos hombres  alguien le preguntó. ¿Lesbiana. Se encogio de hombros. “Si hay amor por medio, todo es lícito”.

Hasta Arthur Miller, el hondo intelectual irreprochable y comunista, la vampirizó cuando Marylin ya era el mito. Marylin ya era Marylin y  le salvó de la caza de brujas;  nadie se atrevió a condenarle gracias al poder de Marylin, que  había superado todas las barreras menos la de si misma y su propio desorden En la crepuscular película de Jhon Houston,  Vidas Rebeldes  con Clark  Gable y el atormentado Montgomey Clif, todos sentenciados, Miller era el guionista. Las fotos  del rodaje apenas captan  miradas efímeras y distantes. Consumación de la traición de un genio del teatro, seguramente,  que tampoco  hizo feliz  a Marylin.. Miller o la tragedia moderna…La de cada dia.

En su pbra En el cielo no hay Chanel, Alfredo Amestoy, manda a la tierra a Marylin y a CheGuevara, para que consumen, juntos o por separado, la revolución que dejaron inconclusa. Animo a Alfredo a que escriba una obra sobre los resultados de la excursión.

viernes, 4 de agosto de 2017

RECUERDO DE MARIA CASARES


Casares y Albert Camus

Sabela Hermida,  biógrafa de Maria Casares sobre la que hizo su tesis doctoral, me pide que escriba un diálogo entre Maria Casares  y Albert Camus, el Premio Nobel de Literatura,  con el que la actriz gallega compartió momentos importantes de su vida. Me dice que  piense en una posible actriz y un posible actor, aunque sospecho que Sabela  puede tenerlos más  claros.  España es país de actrices y encontrar una que encarne a María Casares no debe ser problema.  En actores tampoco debe haberlo. Conozco alguno próximo al universo camusiano,  que tiene el perfil perfecto. No adelanto nombres para que no haya  un malentendido.

La propuesta de Sabela  es atrayente y pretende estrenarlo en  Otoño. Aunque se estrene en la Coruña, su posterior destino es Madrid y el resto de España.     De hecho, ese diálogo yo debiera tenerlo  escrito ya. Sabela me lo encargó hace unos meses, pero cierta pereza intelectual  me  ha tenido frenado.  

Sé cómo empezar este Diálogo, pero ignoro cómo acabarlo, aunque algo me está dando vueltas en la cabeza: una escena partisana genuina. De madrugada, María Casares se despide de Albert que marcha a matar alemanes y le canta  Bella Ciao, Bella Ciao, Bella Ciao, Ciao, Ciao,  si muero en la batalla, Bella Ciao, Ciao Ciao, pon flores donde caí. Se me ocurre la primera frase, sacada de Calígula; “Los hombres mueren y no son felices”.   Sería un buen final.

 Camus era un seductor y Maria una seductora. Los pintores españoles que vivían en París, sobre todo Paco Alcaraz, almeriense como la madre de Camús, me han transmitido  una imagen  que voy a  explotar al máximo en este diálogo; fascinación de la mirada. Y la palabra, con la que seducía. Era un dandi,  lo cual lleva implícito el desplante torero de jugarse vida, ideas  y sentimientos a cada momento.

 Personaje fascinante es también el juez penitente de La caída,  que se había acostado con las mujeres  de todos sus amigos y, sin embargo, afirmaba no haber engañado   a ninguno; antes de acostarse con sus  mujeres rompía la amistad.  María Casares, era  hija de Casares Quiroga, último presidente del Gobierno Republicano,  otro  dandi, un galleguista ilustrado. En cualquier caso,  el último jefe de gobierno de una República contra la que se alzó el fascismo franquista. Camus, de madre española almeriense,  adoraba a su “suegro”, no  solo a través de la verdad inducida de María, sino a través de la verdad de España.

María no fue  mujer de Camus que   no tuvo mujer, sino mujeres. María no tuvo un hombre sino hombres. Creo que a Albert Camus y a  María Casares les unían además, y con más fuerza posiblemente, otras cosas; La resistencia   antinazi, la República, España. El teatro fue su punto de encuentro, el Aleph que lo unió todo.  Cuando en el 45 España fue admitida en la Onu, Camús puso el grito en el cielo. Le contestaron  que también había otros países no democráticos. A lo que Camús respondió: “que haya una puta en la familia no justifica que tenga que haber más”.