lunes, 13 de marzo de 2017

CARMENA, QUIÉN TE HA VISTO Y QUIEN TE VE Y SOMBRA DE LO QUE ERAS


 

HOMENAJE A CHICA CON FALDA ROJA.
Me pedirán que  explique la inesperada e imprevisible deriva a  Antoine Saint-Exupéry cuando aún está vivo el teatricidio de  Manuela Carmena, con la complicidad necesaria del infame director del Matadero y de Celia Mayer, analfabeta,  según Nuria Espert. Pero soy  un teatrero empedernido, convicto y confeso, y Chica con Falda Roja me alerta de un escrito explosivo de Rodrigo García. Hago RT y digo más o menos: “no vuelvas; no eres de los nuestros, no eres de los suyos, solo eres el  más universal de los teatreros españoles, un puto teatrero español (o argentino) Quieto parao donde estés, no te muevas”. Se arma en las redes “¿Quiénes son los nuestros”. Tengo que preguntarles a las actrices más admiradas qué les parece la catilinaria, la dura diatriba de Rodrigo,  el insurgente,  contra el señor don Mateo y contra muchos/as más.

 Las que admiro son todas las candidatas de la noche del Mihura. Entre ellas, Clara Sanchis, Marta Poveda,  Beatriz Argüello, (la ganadora) María Hervás, Manuela Paso, Isabelle Stofell, Irene Escolar, Lucía Quintana, Sara Moraleda… y un etecé hasta 20.  Que se mojen y se arremanguen hasta donde su natural pudor les permita.

 Me llama la atención avatar Chica con Falda Roja, las piernas al viento de los páramos castellanos y ese aire un poco melancólico de campesina ilustrada y saludable que podía inspirar  una Serranilla del Marqués de Santillana, “moza tan fermosa/ non vi en la rivera/ como esta vaquera/ de la Finojosa”.

  Acabaré adorándola como adoro el cuadro que tengo delante de mí, Mujer con falda verde, del inmortal Caneja, cuadro inspirado precisamente en estos campos. La única vez que Ana me amenazó con separación y divorcio fulminantes, fue cuando sugerí aceptar la oferta millonaria, supermillonaria, de un coleccionista emperrado en llevarse el cuadro…..

 

Vuelvo al teatricidio del tal Mateo Nieto, aunque de pasada.   Manola, “quién te ha visto y quién   te ve y sombra de lo que eras”.

En realidad la vuelta  a Saint-Exupéry no ha sido tan inesperada. El aviador me atrae como hombre de acción. En el 44 su avión fue derribado en combate.  Murió. Antes había sido partisano, llevaba en la sangre el Bella Ciao diario y la imagen de las mujeres amadas que nunca dejarían de amarlo. Ninguna pudo ponerle  flores en la tumba porque su tumba fue el mar.

 

 Su Libro Cartas a una amiga inventada me fascina en la misma medida que me horripila El principito. Trato de hallar  el equilibrio imposible entre ambos textos. Y llevo  unos días buscando complicidades para inventarme esa amiga que acaso  ya está inventada y que solo haya que reinventar.  Me turba la aventura.  Si reinventas a una mujer puede te estés equivocando y que ella se encuentre bien como está y no quiera que la reinventen.

Me di cuenta hace años de que mi idea de belleza puede resultar incómoda sobre todo a quien trata de  renunciar a ella por adquirir  un canon de virtud expiatoria. Me olvido de todo y fijo esa idea  en el más fascinante mensaje que un hombre puede recibir:  “en la fría iglesia de tu pueblo toqué para ti Bach y Ligeti”. No tardé en descifrar el engima; la clave era Ligeti. Pero la deslumbrante  orgía que la música de  Ligeti sugería, no era una incitación, sino una disuasión. Cualquiera de las mujeres que participaba en aquella fastuosa misa negra podía ser la autora del mensaje. Eyes Wide Shout. Me tuviste cerca parecía decirme, pero olvídate…Aquella fue la última ocasión y maldita sea la belleza de los cuerpos,  nunca un hombre volverá a desear mi cuerpo vestido solo de antifaz, ni pagará por él para ultrajarlo.

Podría ser esta, toqué para ti Bach y Ligeti, la amiga inventada, anónima, clandestina y expiante de desconocidas y por lo tanto inexistentes fábulas, de mis cartas. Sólo pensarlo me turba… y me asusta. Aunque tengo costumbres de clandestinidad largamente depuradas, cualquier roce, el roce de una pluma, podía herirla; cualquier inocente alusión podía parecerle falta de respeto. No es casualidad, pues, que haya vuelto a Saint-Exupéry olvidándome por el momento del infame Feijoó del Matadero. Antoine  conoce la fórmula para escribirle a una amiga, su amiga  Rinedete que igual discurría sobre filosofía, belleza, fealdad, amor, teatro,  soledad o ausencia.

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